jueves, 13 de octubre de 2011

A veces...

A veces no te entiendo...
Hiciste la impetuosa maravilla,
de estar clavada en mí como una astilla
en medio de mis huesos y sentidos.
Conmueves la mejilla,
agitas los latidos,
al puro acontecer de tu mirada
y sin embargo, luego,
parece ser amor que en desbandada,
otorgas a lo nuestro pena anclada,
que es ancla sin delirio y sin sosiego.
A veces me sorprendes,
me asaltas por la noche,
con ambición forjada y cristalina
y en otras, un reproche,
se clava en mi interior como una espina,
que no se safará tan fácilmente
y de mi voz lejana,
escapa en la ventana,
una paloma viva y refulgente,
que intenta pervivir en tus enojos.
A veces no comprendo.
Taladras en mis ojos
y pones tu semilla entre mis huesos,
y hierves con arrojos
y nacen nuevos besos
y desplegadas ansias a tu lado,
las cuales no he negado
y nunca negaré, pues su semblanza
alberga bajo el pecho viva y roja,
la luz de mi suspiro y mi esperanza.
Y sin embargo mira,
que luego se te antoja,
poner un jaque eterno a los amores
y son como los lobos en la estepa,
las dudas, los rumores,
las cosas que te callas y no dices,
y que se vuelven flores,
de inciertas e incontables directrices.
A veces no te entiendo...
O puede ser que aprendo,
más lento del común que me precede.
Tan sólo te diré, que logras todo,
con insaciable fuerza desbocada.
No hay pena que por ti, no esté sangrada,
ni gozo que por ti no se presuma.
Naciste de la espuma,
eclipsas la alborada
y ya que de mi alma enamorada,
tu númen se hace fuerte y se acrecenta,
entierra más en mí tu dentellada
y déjame que sienta,
que nunca he de entender con mi reclamo,
el fuego donde vivo y más te amo.

Alberto Madariaga
(2011)
a Nadia

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