Me palpita en el pulso todavía,
un nocturno dolor inacabado,
que se adentra con lujo y sosegado,
hasta el túetano mudo y sin sangría.
Rompe abismos de sal cuando confía,
mi silencio a su númen el cuidado.
¡Ay del timbre vibrante y perfumado
que me mina sin ser epifanía!
Pero pueden pasar los nubarrones
de las aguas de Leteo en mi perchero,
destiñendo corazas y portones.
Cuando grite de ardor el ventisquero,
¿Qué vestigio de luz en mis pendones,
besará con su flama mi sendero?
Alberto Madariaga
(2011)
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