viernes, 9 de diciembre de 2011

Respuesta.

Llegas a mí desde el último tren de días interminables,
donde el mundo del verbo anunciado,
no se oculta,
donde no se duerme la sal del silencio,
ni la voz del llanto
y el mudo correr de la risa,
son indelebles y arcanas.
He aquí la tormenta vuelta brisa,
he aquí que las malvas se hacen truenos.
Páramo alegre de noche,
flora inmensa en la tarde
y temblor de volcanes al día.
No se me olvida tu voz,
tu llamado de fuego,
esa impaciente búsqueda tuya
que se anidó en tu garganta
para incendiar su interior con mi nombre
y por tu dermis,
clavar mi presencia.
No,
no te me olvidas, no.
No es que yo quiero evocarte sin tregua,
no es que yo quiera buscar por el viento
las veinte formas distintas del ruido,
de tu ruido,
que me dejas en las narinas
y del olor a tunas que observan
que me grabas sobre los dedos.
No es que yo quiera evocarte;
es que te evoco.
Es que responden mis manos,
es que no saben quedarse calladas,
cuando es tu verbo un flecha en el sueño
cuando es tu sueño una espada en lo vivo,
cuando eres una promesa,
un nido y un nardo,
una poma y un verso,
cuando eres sin más dulce vida,
todo mi mundo desnudo de sombras
y ese misterio alumbrado de soles;
cuando eres sin más,
lo que amo.

Alberto Madariaga
(2011)
a Nadia

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