jueves, 9 de febrero de 2012

Serenidad.

Vengo desde las horas largas del desvelo,
de las ansias eternas,
como una estela loca en la bóveda del alma
que se ilumina al ser una canción en fuga.
Vengo a ti.
Camino por la hilera de incontables formas de tu nombre,
huelo desde lo lejos,
los gritos que libera tu cabello
al tener mi presencia;
¡ay amor, quién fuera en tus palmas
una gota de acento de guayaba!
Vengo desde tus huellas...
Al calor de las alboradas grises,
sin tu cerco en mi pecho
todo me sabe igual,
todo tiene una triangulación de máscaras cambiantes
que van hundiendose en mi dermis,
seca,
esperando tus ánforas de besos
y de mordidas,
en este resquicio del viento
que tengo por morada,
una morada ávida y alerta,
en constante recelo,
en una búsqueda que no se calla en las paredes
y me requiebra labios y nudillos.
Lluévete en mí mujer.
No sientas miedo.
No dejes que el eco lejano de la hurtadilla fácil
cerque tus labios nuevos,
que nos cubra la noche del silencio inútil,
que se nos vuelva el beso una costumbre
y que tu piel -trigal de sangre en calma-
se incendie de mis dientes
y mis manos. 

Alberto Madariaga
(2012)
a Nadia.

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