miércoles, 22 de febrero de 2012

Réquiem sin ruido.

Siento que no siento el sentir más embriagante,
donde una palma de lluvia se deshoja
y calienta el ocaso sin recuerdo.
¡Cuántas risas al lado de la hoguera!
¡Cuantas ramas que penden de sus llamas
y en el centro del fuego,
la brasa misma del orígen,
del rumbo que no se pierde
pues puede negarse,
ni al tiempo,
ni a la memoria!
He querido cantar en esta tarde.
No a las musas del verano,
ni a las flores del camino...
Es al ancho florecer del que no cansa su trecho,
del que lleva una gloria gastada,
llena de ternezas y de amarguras,
del que parte mi sangre en dos
y un cauce de esa herida
corre al aspa de trinos de su seno;
a la razón primera
que desconoce tiempos y medidas
al explotar el canto.
Y heme aquí.
Heme descalzo de pensamientos largos,
heme que pesa más la lira que sus cuerdas,
heme aquí,
aguardando la hora
del comienzo febril.
para llorar un poco -que poco habré llorado entonces-
y desahogar los miles de fantasmas
que rondan aún por mi conciencia.
Porque un hachazo sin viento,
ha venido a remover la tierra de los gorriones
y dejó en el descampado,
una lluvia de acentos y memorias
que no se aplacan nunca.
Heme aquí,
junto al pozo que gime,
notas de cisne negro,
en la mañana de un alba fresca
y ahí,
junto a la hoguera sin cristales,
ahí junto a esa lluvia de estática amargura,
te quedas congelado Padre mío.

Alberto Madariaga
(2012)
a Mi Padre. 

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