Ten miedo de mis pisadas en la noche,
que no huelen,
que no dejan rastros ni de estrellas ni de sonidos,
puesto que mis huellas mudas,
van buscando los cascabeles de tus labios.
Que esté tu mano alerta,
que no demerite cuidado alguno,
que se vuelvan los muros que te guardan,
los centinelas vigentes de la alborada ficticia,
cuando mi sombra de bestia
y el hambre que se gesta en su entraña,
vengan para buscar tus ojos,
su magia revuelta en el aire,
que habrá calado hasta el fondo de mi tierra.
No temas a mi imagen...
Ten más miedo del soplo de mis ganas,
de esas ganas locas,
de juntar tu espalda en un ramo de besos,
de fuertes pinceladas teñidas de cromo,
de azul inmenso,
de tu carne y mi muerte
y en el lugar donde mi muerte es una cercanía
a tu vientre lleno de luceros.
Témeme amor.
Ciegamente.
Indescriptible y sordo que sea el miedo,
pues cuando lleguen mis brazos a tus brazos,
serás para mis fauces
y más que para fauce y dentellada,
para el amor, que hierve en mis adentros.
Alberto Madariaga
(2012)
a Nadia
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