Con la tarde que muere enarbolada,
en rumores de mirto y agonía,
me pregunto sin tregua vida mía,
el instante febril de tu llegada.
¿Cuándo voy a tenerte aprisionada
en mis brazos que añoran tu alegría?
¿Cuándo pues, dulce amor, tu epifanía
ha de ser en mis ojos devorada?
Que mis labios no secan manantiales
a tus besos de flecha. Que mis manos
te persiguen en diáfanos cristales
y taladran los rumbos de locura,
esos rumbos inciertos y lejanos,
donde vive el crisol de tu dulzura.
Alberto Madariaga
(2011)
a Nadia.
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